Invierno – La precisión del pensamiento y de la palabra

invierno

Terminadas las fiestas, telefoneé al maestro Takeuchi para pedirle permiso para volver al entrenamiento. Aceptada mi petición, me encontré de nuevo en el pequeño dojo. El maestro tuvo la gentileza de instalar en él una pequeña estufa de petróleo. El calentamiento fue doloroso. Este año el kangeiko había sido bastante duro, y el maestro me permitió una “pausa té”. Sonrió al verme agotado y lleno de agujetas.
“-En el antiguo Japón, los instructores tenían por costumbre insistir en las virtudes del sufrimiento en el keiko. El valor educativo de tal enseñanza se basaba en hacer comprender al practicante la necesidad del desapego y de la indiferencia respecto al cuerpo. Hoy en día, el keiko, aunque a veces pueda ser duro, felizmente no porta ya esta actitud casi militar que no deja asomar compasión o sentimiento alguno en el corazón del alumno. Incluso, en general, con ciertas excepciones, la disciplina se ha relajado considerablemente con respecto a lo que yo conocí tiempo atrás, esta tendencia a la laxitud ha hecho perder mucho crédito al budo tradicional. Lo que yo busco es el justo medio entre una disciplina sin molicie y una compasión sin debilidad.”
En el transcurso del mes de enero, el maestro Takeuchi me hizo el inmenso honor de ofrecerme, justo antes del entrenamiento, un magnífico katana, que guardaba como un tesoro. Me permitió utilizarlo cada vez que viniera a entrenarme.
Recuperé la exquisita sensación de manejar una verdadera espada, que ya conocía por haber practicado en Francia mucho tiempo con un auténtico katana. No obstante fue para mí difícil aceptar tal honor, sabiendo la importancia que el maestro atribuía al sable. Me arrodillé en agradecimiento. El maestro me tendió el arma.
“-Ya es momento de aprender a cortar realmente. Familiarízate con el sable, y cuando estés preparado para el test de cortar, yo te avisaré”
Pasamos revista a todos los detalles: colocación del vientre, postura de la espalda, velocidad, kiai, siempre en continuo reajuste. Yo tenía prisa por aprender a cortar. Este tipo de test, por supuesto, era perfectamente inútil desde el punto de vista estratégico, pero era muy revelador de las cualidades y los defectos de los tajos de sable. Tuve que pasar por una prueba idéntica en karate, y aunque el hecho de romper algunas planchas de madera no tenía en si ninguna importancia, es un medio radical para testar la fuerza, la rapidez y la precisión de la técnica. Sin embargo, el maestro Takeuchi no volvió a hablar más de ello, y menos durante las sesiones de entrenamiento. Por el contrario, se quedaba mucho más a menudo a observarme. Esto fue un poco embarazoso al principio, pero muy pronto me acostumbré.
Un día, después del entrenamiento, me preguntó a bocajarro:
“-¿Puedes venir mañana?”
Yo tenía un programa muy cargado, pero sabía que podía fácilmente adaptarlo a circunstancias cambiantes que frecuentemente me sobrevenían. Sin embargo respondí con ligereza:
“-Sí, quizás si, sensei, no sé si tendré tiempo, tengo…”
No me dejó terminar la frase y añadió:
“-La permanencia de la consciencia no es más que una idea nacida de la acción del tiempo. El tiempo depende de la memoria y la memoria depende de la mente. El tiempo es tan inexistente como la mente. ¿Cómo puedes hablar de tiempo?
“-Es una manera de hablar”, respondí tocado por su respuesta tajante.
“-Las palabras no deben reducirse al estado de frases pueriles vacías de significación. Es mejor no decir nada antes que encadenar palabras sin significación profunda. Cada palabra debe transportar la energía que le conviene. En adelante, presta atención a lo que dices. La fuerza del kiai empieza por el control de la palabra.”
Para hacer ver al maestro que había aceptado bien su lección y que no me habían sentado mal sus reflexiones, aproveché para hacerle una pregunta, pues nuestras grandes charlas eran ahora raras:
“-Sensei, ¿por qué proceso se dirige el ki, por la mente o por la no-mente?
“-Las acciones del cuerpo que se manifiestan por la respiración, el bostezo, el estornudo, el sollozo, las excreciones, etc. son manifestaciones del ki. En el ser humano no disciplinado, la mente está en permanente modificación, y el ki al que está íntimamente ligado hace lo mismo. Las inhibiciones, las frustraciones, la cólera, el miedo, etc. provocan consecuentemente bloqueos y congestiones del ki en ciertas zonas definidas del cuerpo. Algunas zonas sufren una hiperestimulación, y otras quedan completamente desvitalizadas. La acupuntura actúa a favor del reajuste y del equilibrio de la energía en el conjunto del cuerpo. A medida en que la mente se va liberando de sus “stress” y sus modificaciones van cesando, las zonas de energía se desbloquean y el ki comienza a circular más libremente por todas las partes del organismo, aportando vitalidad, fuerza y nutrición. El bostezo, por ejemplo, muestra un cambio importante en el aflujo y el reflujo del ki. la relajación de zonas congestionadas del cuerpo entraña una liberación de energía, el ki se manifiesta por el bostezo. Mientras el ego domine a la persona, el ki permanece limitado a las funciones del ego. Cuando uno alcanza el no-ego, el Ser puede entonces utilizar el ki que hay en él y en torno a él sin ninguna limitación.”
“-Parece difícil conciliar la acción con el no-actuar. ¿Me puede aclarar esta cuestión en el contexto del iaido?”
“-El arte de no-actuar no tiene nada que ver con no emprender nada o no construir nada. Es ante todo el arte de ser uno con el entorno. Lo cual entraña automáticamente el respeto por las leyes por las que se rige la naturaleza, de la cual el hombre es un elemento fundamental. Este respeto por el orden natural establece una similitud de vibraciones entre el alma universal y el alma humana. Esto supone que por nuestra parte hay un conocimiento de las leyes de esta naturaleza. Cuando hablo de conocimiento, no me refiero a lo que tenemos almacenado en nuestro intelecto, sino a lo que hace que la persona se convierta un día en la encarnación viviente de estas leyes, y de la misma convertirse en un verdadero sabio que, como dice Lao Tse “crea sin poseer, actúa sin esperar nada, no se atrapa con los resultados de sus obras y en el abandono no se siente abandonado” A esto se llama la práctica de no-actuar del ego, pero de ninguna manera del Ser.”
“-Sé que no hay que tener deseos de obtener recompensa y que la buena actitud debe ser la de liberarse del fruto de las buenas acciones. Pero ¿cuál puede ser el resultado de la realización del Ser?”
Realización

“-La realización es el despertar de lo que uno es. La persona que ha realizado el despertar vive en el mundo como cualquier otra, sólo que ya no está atada a este undo y ya no sufre sus hechizos. El resultado de la realización del Ser se manifiesta a través del cerebro por un conocimiento inmediato que no está nunca sujeto a duda. Es una comprensión sintética e inteligente de las leyes que gobiernan la consciencia. Cuando el espíritu despierta de su largo y oscuro sueño, la mente se impregna súbitamente de los atributos de este espíritu, la persona se convierte en un kami o en bosatsu. Se llena de una beatitud que nada podrá alterar. Es llevado por una fuerza que sabe pertenece al universo, irradia un amor constante, se convierte en un creador y un genio en la esfera de actividad que ha escogido. El intelecto se limita a algunos conocimientos específicos y le es imposible almacenar todos los conocimientos del mundo físico. Solamente el conocimiento del infinito trasciende al intelecto relativo y limitado. El satori, cualquiera que sea el grado en que se manifieste, es una visión directa de este conocimiento, antes de que quede reducido a una forma, un concepto o una ley. Es la poesía escondida tras el poema. Es el instante supremo del encuentro en kendo. Es la belleza que emana del arreglo de un ramo de flores. La realización se manifiesta por el sentimiento profundo de no ser el autor de los actos, y este sentimiento aparece cuando los actos están consagrados al Ser y el fruto de ellos se ofrece a lo que para ti represente el más alto aspecto de la divinidad. Hay que actuar libres del deseo de cualquier recompensa sea cual fuere, como dicen algunos, trabajar el ambicioso pero sin ambición. Atente a este principio, permanece en segundo plano, atento a estar presente y permanece siendo el inmortal testigo de este mundo para siempre trastornado. Con un comportamiento tal y semejante confianza en tu naturaleza divina ¡qué te importan entonces los espejismos del mundo de la formas, qué te importan los O Fuda, los O-Manori, la invocación de los jizos, de los tens, de djins, y de los kamis, tú que llevas en tu corazón la gloria de todos los budas juntos!”

 

Michel Coquet, “Iaido. El Arte de Cortar el Ego”.

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