El Shugendo o la Vía de los Poderes

La Vía de los Poderes

Japón posee dos religiones principales: el Shinto, que es la religión del estado, y el Budismo. El Shinto es la más antigua. Es una auténtica religión, poco conocida, que hace hincapié en el respeto y la veneración a los dioses, entendiendo por dioses las fuerzas elementales superiores (sánscrito: devas) que se encuentran en todos los elementos, en todos los reinos y en todas las formas. La mayoría de los ritos aspiran a controlar estas fuerzas. El hombre posee también esta fuerza y la espiritualidad del shinto consiste en desarrollar estas potencialidades.

Para ello debe existir una armonía entre el Dios personal y los dioses (kami). Esta armonía se realiza en lugares naturales, por lo que se da una gran importancia a los kamis de las montañas donde el hombre buscará su divinidad.

Por otro parte, tenemos el Budismo que puede clasificarse brevemente en tres grupos:

1. El budismo tradicional de las sectas de Nara.

2. La rama contemplativa del Zen.

3. El budismo tántrico representado por el Shingon y el Tendai.

Tanto el Shugendo como el Shingon, buscan el aislamiento dado su carácter ascético y esotérico. Su aparición no está claramente definida ya que desde siempre han existido en el Japón los ascetas independientes y solitarios que transmitían oralmente las técnicas. Algunas de estas técnicas son chinas como la Ommyodo, que es una técnica de longevidad física incluyendo la teoría del yin-yang y de los cinco elementos. Parece ser que en los origines hubo una transmisión secreta pero ignoro de dónde procede, algunos Yamabushis afirman que viene de los Bodhisattvas procedentes de la India y de China (Lohans). Las técnicas siguieron, sin duda, algunos ritos anímicos del viejo Shinto y fueron asimiladas fuertemente a las escuelas del budismo esotérico en el siglo VII.

En-no-gyoja

Era necesario dar a estos ascetas un objetivo y una doctrina, y esto es lo que hizo En-nogyoja llamado también: En-no-otsunu o En-noubasoku. Nació en el pueblo de Chihara en el distrito de Kami Katsuragi en Yamato, y a su nacimiento ya poseía la ciencia infusa. Calumniado por un discípulo celoso, fue exiliado por el emperador, pero su magia crecía mientras seguía practicando, dicen, la magia de Kujaku-myo-o. Enteramente liberado y realizado, se divertía en compañía de los huéspedes celestiales. A los cuarenta años, decidió vivir en una cueva, vestido con bejucos y comiendo resina de pino, elemento importante para los taoístas candidatos a la inmortalidad. Queriendo construir un puente que conectara el pico de Kimbusen en Yamato y el pico de Katsuragi, por medio de los espíritus elementales de la naturaleza (kijin), fue exiliado por el emperador Mommu (697-707) a la isla de Izu. Pero, libre de las contingencias materiales, se evadía todas las noches y subía al Monte Fuji donde practicaba sus ejercicios. Más tarde, se acercó divinamente a la corte y finalmente se convirtió en un espíritu puro, y voló a los cielos. En cualquier caso es a este adepto a quien siguen los shugengas.

En-no-gyoja era un adepto fuera de lo común. Se dice incluso que habría encontrado a Nagarjuna en una gruta del Monte Katsuragi, donde éste último le habría otorgado directamente la ley esotérica (mippo). Sin embargo, este adepto no creó ninguna escuela, sólo transmitió oralmente su conocimiento y fueron sus discípulos quienes comenzaron a estructurar los grupos para seguir sus directivas.

Todavía existen hoy numerosas montañas donde los shugengas se mantienen activos. Los dos sitios más populares son el Kimbusen en Yoshino y el Monte Ominé, a unos quince kilómetros más al sur. Sin olvidar también el de Dewasanzan situado al norte, más o menos integrado al Shinto. En-no-gyoja habría frecuentado el monte Kimbusen en los años 672-685 y habría construido un templo budista, el Kimbusen-ji.

El Shugendo adoptó un gran número de deidades del shintoísmo y del budismo esotérico Tendai y Shingon. Entre las más populares se encuentran Fudo-myo-o y Kongo-zao, la divinidad que custodia la montaña de Kimbusen, donde se cree que el futuro Buda Maitreya debe reaparecer. No obstante, ambas divinidades son manifestaciones de Buda y lo que motiva a los ascetas montañeses actualmente, además del desarrollo de los poderes psíquicos, es la adquisición de la budeidad.

Hacia finales del período Heian, el centro más activo era el de Kimbusen. Con el tiempo fue abandonado y sustituido poco a poco por el de Kumano que, mejor organizado, vio crecer su influencia. Dos ramas distintas empezaron a distinguirse. Los ascetas del Shugendo nunca fueron reconocidos como una secta, y muchos desordenes tuvieron lugar entre estas dos ramas que pelearon sin cesar. Entonces se tomó la decisión en 1612 y por intervención del Gobierno, que los ascetas de Tozan fueran integrados en adelante a la secta Shingon, y que los de Honzan dependerían de la autoridad de la secta Tendai.

Hacia el siglo XVII, el Shugendo se vio debilitado porque muchos shugengas (yamabushis) abusaron de su autoridad física y espiritual, observándose un aumento del charlatanismo entre los ascetas laicos. Sin embargo siguió existiendo una élite seria que afortunadamente, tenía por objetivo preservar el fondo tradicional, unido en el mayor de los secretos por una revelación iniciática que se remontaba más allá del reformador En-no-gyoja.

En 1800 el número de yamabushis era considerable y se contabilizaron cerca de 170.000. En nuestros días debe haber solamente unos 10.000. Los verdaderos ascetas son todavía más raros, viven aislados en las montañas y apenas existe la posibilidad de acercase a ellos, por otra parte se desconoce su número.

El peregrinaje

El Shugendo es la búsqueda, por medio de ejercicios (shu), en gran parte mágicos, de poderes sobrenaturales (ken). El Shugendo es el conjunto de las normas que conviene seguir para llegar a tal fin. A los ascetas del Shugendo se les llama: “Yamabushis” (literalmente: los practicantes que duermen en las montañas).

Cuatro veces al año, los yamabushis practican “la entrada a la montaña” (nyubu). Simbólicamente, consiste para los peregrinos en sufrir los tormentos de las diez vías del más allá con el fin de ser liberado después de la transición. Estos grandes peregrinajes en la montaña pueden durar quince días, un mes o más. Durante estos períodos de grandes ejercicios, el asceta, que ya se abstiene de carne y alcohol, y que mantiene una castidad absoluta, tampoco toma cereales. Sólo tiene derecho a algunas hierbas, hojas y resina de pino. Todo esto forma parte de la ascesis de la montaña (Sangaku Shugyo) del Shugendo. Otros ritos son todavía más severos, tales como los nueve días durante los cuales el asceta no debe ni moverse, ni dormir, ni beber, ni comer, ni hablar. Los ascetas solitarios que pasan uno o más inviernos en una cueva, apenas van vestidos. Este sufrimiento va a permitir al yamabushi superar su naturaleza humana y es también un medio de purificación de las deudas karmicas (las deudas incurridas en vidas pasadas) El sufrimiento es considerado como una liberación de aquello que aún se encuentra en el hombre y le impide acceder al estado de Buda. Todo esto será simbólicamente escenificado por la entrada a la montaña, una marcha que conducirá al hombre corriente de la oscuridad a la luz. Este viaje iniciático está marcado por diez etapas bien precisas. A lo largo del trayecto, los peregrinos rinden homenaje a divinidades tales como En-no-Gyoja o Fudomyo-o. Es una verdadera rueda de la vida en un único peregrinaje, ya que el peregrino busca realizar lo que el hombre ordinario debe alcanzar en varias existencias. Sólo la tradición del Monte Haguro ha perpetuado esta ascesis:

«En el monte Haguro el Jikkai shugyo tiene lugar en el nyubu de otoño (véase la nota 130). Los yamabushi deben realizar entonces prácticas y rituales que corresponden a cada una de estas diez vías.

Los suplicios del infierno están representados por el namban ibushi (ahumado de pimienta roja), durante el cual los yamabushi deben respirar las fumigaciones violentamente irritantes de la pimienta roja, quemada sobre brasas. Los dolores de los gaki son el hambre (ayuno de tres días) y los dolores de los animales la sed (privación de toda utilización del agua para los cuidados del cuerpo). El mundo de los ashura es el combate, por eso está representado por la lucha (sumô). La contribución de las faltas, en forma de una larga sucesión de postraciones de todo el cuerpo en el suelo, es la ascesis del mundo de los hombres. La del mundo de los dioses está representada por una danza cantada; la de los shomon es el ritual de la madera (originariamente era la recogida de la madera, que ahora se ha convertido en un simple rito), la de los engagu es el ritual del agua lustral. El mundo de los bodisatva está representado por el tokogatame, meditación de transmisión secreta. Por último, la vía de los budas es la ceremonia del kanjo, en la cual el yamabushi es consagrado buda en su cuerpo y recibe las transmisiones secretas, correspondientes al grado al que llegó durante la entrada a la montaña.

A salir del nyubu y después de haber conocido los sufrimientos del más allá, el yamabushi renace con la naturaleza de buda.» (1) Ecole Pratique des Hautes Etudes /CE R.T. P.J. (Anne Marie Bouchy, Tokuhon ascète del Nenbutsu, p. 169-170.

El peregrinaje se realiza en un orden bien determinado. En cabeza un yamabushi abre el camino y lleva un hacha como atributo de su función. Le sigue el portador de la caracola y dos otros que llevan respectivamente un pequeño stupa y un cofre. Tras ellos va el director del peregrinaje, el sho sendatsu, luego los veteranos (doshu) y finalmente los neófitos (shinkaku).

El guía (sendatsu) es indispensable ya que sólo él puede dirigir sin riesgo, el peregrinaje a través de un frondoso bosque donde es muy fácil perderse o sufrir un accidente mortal (no es raro que la gente se pierda en estos bosques y muera de hambre y frío).

Excepto algunos raros ascetas yoguis que viven medio desnudos durante el invierno, el yamabushi va bien equipado. Vestido de blanco, tiene la frente cubierta por un pequeño “tokin” y en ocasiones lleva también una gran cofia protectora contra la lluvia y el sol, así como un abrigo de cáñamo (el suzukaké). Se reconoce fácilmente a un yamabushi por el pectoral que lleva, el kesa, adornado con seis borlas de color. Alrededor de sus riñones ata una piel de ante, el hishiki, que le sirve para sentarse y de aislante magnético durante la meditación, protegiéndole al mismo tiempo de la humedad. También usa polainas y sandalias de paja. El yamabushi no se separa de algunos objetos tales como el rosario (nenju) de 108 cuentas, un bastón de exorcismo (shakujo) y la caracola (hora) que le sirve para anunciar su llegada, localizarse y en definitiva para comunicarse a distancia gracias a un código secreto de sonidos. Llevan también un cofre portátil (oi), que contiene objetos religiosos o textos, por encima del cual se encuentra una caja más pequeña, el katabato. Y para finalizar, lleva en su mano el clásico bastón del peregrino.

Durante las meditaciones, los ascetas yamabushi deben identificarse a Fudo-myo-o, a Dainichi-nyorai o a Zaogongen. Los medios utilizados para esta identificación son los gestos mágicos (mudra), las recitaciones (mantras) y las oraciones (dharani), así como la visualización. Es por el poder de estas divinidades (inmanentes al psiquismo del asceta) que el yamabushi realiza rápidamente hazañas sorprendentes, lo que da lugar a concursos de poderes (genkurabé), tales como la invisibilidad, la telepatía, etc.… Hace unos diez años, tuve el privilegio de andar con los pies desnudos y junto a los yamabushis de Takao, sobre brasas incandescentes. Asimismo fui testigo del sorprendente espectáculo de una mujer yamabushi, ya mayor, que meditaba en una cuba de agua hirviendo. Otros suben una escalera formada por hojas afiladas de katanas, mientras que otros causan la muerte a un hombre y luego lo reaniman. Mientras otros yamabushis practican la levitación o la telequinesia.

La completa realización de un yamabushi consiste en tres etapas que renueva constantemente a lo largo de su vida:

1. La ascesis

2. La identificación

3. Las obras

La ascesis implica una retirada, una interiorización, para un duro período de ejercicios. La tercera etapa, al contrario, es una exteriorización en el mundo de los hombres, en la sociedad, con el fin de ayudar a los desheredados gracias a los poderes adquiridos. El yamabushi sobresale en el arte de curar, en el exorcismo, en la adivinación, etc. La identificación es el objetivo de la primera etapa y la condición de la tercera.

La experiencia

Este año disponía de cinco semanas para realizar una entrada personal a la montaña y también quise hacer un peregrinaje a los principales centros del Shugendo. Tuve la gran oportunidad de conocer en Kyoto a Anne Marie Boudhy, una gran especialista en Shugendo. Luego, fui al Kimbusen-ji con la finalidad de estudiar el Shugendo con el maestro Gojo Kakuyu. Aunque el Kimbusen-ji estaba en plena restauración, su interior seguía siendo impresionante. En este templo se adora a Zao-Gongen, una divinidad formada por la unión de Mirokou Bosatsou (Maitreya), de Shakanyorai y de Kanzeon Bosatsu.

Tuve también la satisfacción de entrevistarme con el gran dignatario de Dewa-sanzan, el maestro Ayashi Masashiko.

Unos días después de mi llegada, decidí realizar la entrada a la montaña en el Monte Sanjo-gatake. Eran 1720 metros antes de poder llegar al Sanctum. La elección vino motivada porque esta montaña es la cuna del Shugendo y desde aquí empieza el gran itinerario hasta Kumano. En cualquier caso es la última montaña del Japón en conservar la antigua tradición del nyonin kinsei, que prohíbe a las mujeres el acceso a los lugares santos del Shugendo.

La subida en solitario del Sanjo no me pareció demasiado difícil, la belleza mágica del paisaje era incomparable. Los rayos del sol que jugaban sobre las capas de niebla convertían el lugar en maravilloso e irreal a la vez, el canto de los pájaros encantaban la ascensión. Un yamabushi laico que encontré en el pueblo de Toragawa me hizo de guía, él ya había subido treinta y dos veces. A cada estación, nos deteníamos para recitar los mantras frente a En-no-gyoja. Ya habíamos llegado a la primera capa de nubes y desde allí podíamos observar un paisaje fantástico. Un poco más arriba se encontraba la eterna capa de nubes, y mi guía me mostró con el dedo la zona de mayor dificultad. Se trataba de un peñasco abrupto que era preciso escalar. La piedra era lisa y deslizante. Llegados al pie de la roca, nos vimos rodeados por una espesa niebla y un silencio casi absoluto. Según mi amigo el guía, era el principio del infierno. Para poder subir, sólo había algunos agujeros y dos cadenas en la roca para ayudar en la escalada. Yo no disponía del equipo necesario para subir y mi amigo me aconsejó permanecer allí. No obstante, decidí seguir. La búsqueda de la divinidad requiere una fe sin falla y un espíritu que nunca mira hacia atrás. Una media hora después, llegamos agotados a la cumbre del pico.

Un paso en falso hubiera sido fatal. Pero esto forma parte de la vida del yamabushi, para quien el miedo es un elemento de duda y debilidad que es necesario superar. Reconozco que el lugar había sido bien escogido, hacer de él un infierno simbólico era una idea brillante: no había ningún sonido, ni una brisa de viento, nada de vegetación a excepción de algunos árboles al parecer muertos, que formaban siluetas fantasmagóricas, todo ello adornado por lúgubres cuervos y por una espesa niebla digna del “fog” londinense..

El choque psicológico, que debía ocasionar transformaciones radicales en la conciencia del neófito, estaba perfectamente estudiado y la escena del drama iniciático se bastaba con los elementos naturales. Pero lo más duro estaba todavía por llegar, ya que sobre uno de los lados de la montaña se encontraba un barranco de unos 300 metros de profundidad, siniestro y peligroso. La costumbre exige que aquel que desea ir al cielo de los liberados, haga aquí la contrición de sus faltas. Así pues, dos ascetas nos ataron bajo los brazos con una cuerda y suavemente nos descendieron al vacío y, de vez en cuando, nos sacudían para intensificar la emoción. Raros son aquellos insensibles que no se ponen a rezar en tales circunstancias. Este segundo choque psicológico permite a menudo la liberación de las inhibiciones psicológicas, de las causas que pueden emerger en la conciencia objetiva debido a las costumbres del pensamiento y a la inercia mental. Tras esta etapa, que cada uno experimenta de forma personal, uno se siente a pesar de todo aliviado de un peso enorme y la ascensión por la senda pedregosa se hace con un paso mucho más ligero.

Tras un cuarto de hora de marcha, empezamos a dejar la zona de niebla y llegamos a un inmenso pórtico. A partir de allí, y según me informa mi guía, penetramos en el reino de los liberados vivos. Tras franquear el portal, la luz vuelve de nuevo, así como la vegetación. Este tercer choque psicológico crea las condiciones necesarias para que una luz idéntica surja en el corazón del peregrino, agradecido hacia la vida por permitirle llegar a este lugar de paz y alegría. Parece que realmente estemos fuera del mundo contaminado de los hombres e infinitamente más cerca de Dios, sentimiento indefinible pero profundamente iluminando.

A continuación llegamos al campamento donde dormían los peregrinos (monjes y laicos). Los pocos yamabushis que guardaban el lugar se asombraron al vernos llegar, mi conocimiento elemental del japonés me permitió explicarles mis objetivos. Por último y tras satisfacer la curiosidad general, dejé a mi amigo Hiroomi Fukuda y me autorizaron a subir un poco más arriba, hasta el templo supremo. Fui consciente de mi privilegio cuando un nuevo guía me anunció que al ser demasiado antiguo, el templo iba a ser destruido ese mismo año y a reconstruirse un poco más lejos. Era un vestigio vivo y vibrante, impregnado de incienso, de mantras y de oraciones. Oscuro y misterioso, el suelo era de tierra batida. En el coro central tenía lugar el ritual de fuego. En la ligera y misteriosa bruma que rodea el templo, las formas humanas aparecían y desaparecían. Mi guía me habló de los protectores de la montaña, los encargados de vigilar la tradición del Shugendo, mientras me introducía al templo y me presentaba a su responsable, un viejo monje yamabushi cuya cara me recuerda al de un tibetano. Dicen que posee poderes extraordinarios adquiridos gracias a los ejercicios. Sus benévolos ojos se fijan en mí. En nuestro largo debate, me confiará su inquietud porque la juventud japonesa parece cada vez menos atraída por el ascetismo que, según añade el maestro, no tiene a pesar de todo ya nada que ver con el ascetismo extremo de hace tan sólo uno o dos siglos. La juventud de hoy tiene un cuerpo débil y un espíritu más dado a acumular datos intelectuales que a buscar la budeidad. La fe muere lentamente. Estoy de acuerdo con lo que el maestro dice y a continuación seguimos hablando del Shugendo. La noche desciende rápidamente y a lo lejos oigo el sonido de una hora, la bruma se espesa cada vez más y el maestro me invita a dormir in situ. Cómo me hubiera gustado vivir aquí algunos meses y dedicarme con mayor intensidad al duro pero a la vez puro ascetismo. Pero mi programa es estricto y debo renunciar a este privilegio. Me levanto y vacilo porque me hubiera gustado meditar algunos momentos, aunque no digo nada. Sin embargo el maestro me entiende y me hace pasar detrás del altar principal, todo está oscuro, abre una puerta baja y me encuentro frente a En-no-Gyoja. Sus brillantes ojos me fijan intensamente, dejo de resistirme y me abandono a una sublime contemplación. Cuando retomo mis sentidos, la oscuridad se ve apenas perturbada por el atisbo de una vela y sólo me acompaña un joven asceta. Lo que acabo de vivir justificaría en sí mismo este duro y largo viaje. Me levanto y sigo al joven asceta hasta el campamento de peregrinos. La despedida se hace difícil pero debo volver. La lluvia y la noche caerán en unos instantes y mi guía, impaciente, me pone de nuevo en guardia, lamentando mi inmediata salida. Inundado por la excelsa experiencia que acabo de vivir, desciendo la montaña como un sonámbulo, sin ningún incidente, y me encuentro dentro de mi ryokan algunas horas más tarde, empapado y cansado pero muy feliz y colmado.

Hacia el final de mi viaje, decidí pasar por Nikko con el fin de asistir a una gran fiesta anual que incluía una exhibición de Yabusame, el tiro con arco a caballo. Había estado allí en otras ocasiones, ya que es uno de los lugares más bonitos del Japón, aunque ignoraba que de nuevo descubriría en este lugar, consagrado al Shinto, los rastros de la tradición que esperaba profundizar.

A la mañana, temprano, fui al gran santuario donde se encuentra la tumba de Leyasu. El día anterior había visitado el Rinno-ji de la secta esotérica Tendai y esperaba sin mucha convicción que diera comienzo el Yabusame. Rodeando el santuario, observé una pequeña senda que subía discretamente al bosque y repentinamente sentí curiosidad por saber a dónde conducía ese camino. Tras muchos rodeos, constaté que llevaba exactamente en plena montaña frente a una pequeña cabaña muy antigua que debía albergar algunas divinidades. Frente a la puerta de madera cerrada, había sandalias de paja que fueron colgadas por los peregrinos. Subí las pocas escaleras que había y eché un vistazo al interior. Cuál no fue mi sorpresa cuando vi de nuevo a En-no gyoja, esculpido en una estatua hecha de madera. Ignoraba por completo la existencia de un centro de Shugendo en Nikko, pero en este ambiente soleado y bañado por el canto de los pájaros me sentí recompensado y tuve el sentimiento de que para aquel que busca, la tradición del Shugendo siempre está viva. Guarda celosamente sus secretos, pero para el discípulo sincero que busca con determinación la verdad, ¿qué puerta, por hermética que sea, puede permanecer cerrada? Ahora mismo estoy convencido de que ninguna. Consiste en osar y pedir de corazón, entonces y para nuestro gran asombro, aquello que llamamos inadecuadamente azar nos colma de bendiciones.

Escribo estas líneas un poco a petición del viejo maestro, para dar a conocer esta tradición que tanto me ha aportado y que debe ser conocida y practicada. Japón todavía no ha revelado todas sus riquezas, seguramente volveré. Es un deseo querido por mi corazón.

Michel COQUET
Traducción: Jordi Vila Vila

Fuente: http://mongaku.net/b/2009/11/13/el-shugendo-o-la-via-de-los-poderes/

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